Luis Carpio
                                           Consultor




El uso de accesorios de utilería para ilustrar algún punto, para subrayar algún concepto o simplemente para amenizar es tan antiguo como el discurso público. Desde el primer uso de la calavera en las clases de medicina, la utilización de algún objeto físico se ha empleado para enfocar la atención de la audiencia.


Pero, cuando esto no es posible, desde el siglo pasado existen aplicaciones para presentaciones como Powerpoint® de Microsoft o Keynote® de Apple (y en menor medida en nuestra región, Prezi®).


Estos programas, ahora ubicuos, nos permiten hablar a un público de estadísticas utilizando gráficos ilustrativos, de contaminación usando imágenes catastróficas o de buques de carga sin tener que traer un tanquero en el bolsillo.


Su utilización es ya tan universal que, en ciertos ambientes es hasta impensable una presentación sin este apoyo.


Lamentablemente, no todo el mundo tiene el conocimiento técnico, la creatividad o, sencillamente, el tiempo para montar una presentación que de verdad apuntale sus palabras y su presencia en el escenario, con el resultado de que el Powerpoint pasa de ser un apoyo a una muleta incómoda.


Ya la proporción entre el discurso y lo que aparece en la pantalla se ha revertido al punto de que en muchos casos son lo mismo. ¿Cuántas veces no se ha preguntado por qué lo hacen sentarse a oscuras para escuchar verbatim lo que está escrito en pantalla? Y es hasta ofensivo tener que soportar la tortura visual de una lámina atiborrada de texto minúsculo  y fotos borrosas y confusas.


Nosotros sí entendemos el propósito del programa, respetamos su potencial y reconocemos sus límites.


Les rogamos dirigirse a la sección “Contacto” de esta página Web para consultar condiciones y tarifas para convertir su texto en una presentación que la fortalezca y no que la reemplace.